jueves, 17 de junio de 2010

Miseria

Los miro en las calles, a los otros, los extraños. Todos me dan envidia, ninguno se me escapa de ese triste sentimiento, le dedico unos segundos a cada quien y luego pienso: "éste sí pudo dormir".

miércoles, 16 de junio de 2010

Se busca hombre perfecto


Pocas veces en la vida me ha sucedido lo que me ocurre ahora: no me gusta nadie, ¡carajo! Es una verdadera tragedia. Aunque a la misma vez es una buena época para dedicarme a otras cosas que me importan de verdad como mi vida profesional, la literatura, el cine y otros proyectos personales ultrasecretos.

Con todo, a veces me pregunto qué es lo que busco en un galán. Esas cosas hay que tenerlas bien claras. Primero que nada, he decidido que tiene que ser bueno, es decir, gentil y noble de espíritu, con todas esas cualidades cursis como la generosidad y demás. Desde luego que debe tener seguridad en sí mismo, no me apetece uno de esos tipos apocados que son lindísimos pero se ponen de alfombra.

Lo quiero también caballeroso, que abra la puerta del auto, que pague la cuenta, que camine del lado que le corresponde de la acera (no, no soy feminista). Desde luego que puedo salir solita del coche y también pagar mis consumos. Soy una mujer independiente pero quiero, en resumidas cuentas, un novio que me trate como reina.

Otra de mis exigencias: que sea trabajador --no hace falta decirlo si ya precisé que a él le toca pagar la cuenta-- pero la ambición es algo fundamental en la vida. Y (muy importante), guapo; bueno, con que a mí me lo parezca es bastante. En lo que sí soy irreductible es en mi solicitud de que sea culto, que le guste la música, el arte y viajar, ¡oh sí!

Como no me gusta practicar la autopromoción, no voy a enlistar mis virtudes, además no terminaría nunca (ja). Lo que sí diré es que soy fiel como perro de ciego y buena cocinera.

Casi lo olvido, que sea soltero, por favor...

domingo, 6 de junio de 2010

¿Romper el pasado?


Olvidar es divino y fuerte la fuerza del destino.
Andrés Calamaro

Todos guardamos viejas fotografías, boletos de avión, postales y otras referencias del pasado que sirven para construir la propia historia (algunas certezas provienen de la comprensión de lo que ya fue). Si no contáramos con esos elementos, tal vez, luego de algún tiempo perderíamos momentos que un día valieron algo.

Muchas veces hay que dejar atrás el ayer para continuar sanamente. Por eso, siempre que voy a echar a correr, tengo la tentación de borrar y romper los testigos de mis huellas. Hasta cuento con una simpática anécdota al respecto que relataré a continuación:

Estaba comenzando una relación que me tenía muy entusiasmada, esa mañana el sujeto en cuestión me dijo que le gustaría ver fotos mías y yo prometí mostrarle un álbum. Antes de salir, le di un vistazo, tenía varias fotos en las que aparecía con exnovios. Lo pensé un momento y al final me decidí a arrancarlas. Como no estaba segura de destruirlas, las coloqué por ahí y me fui.

Pasaron algunos meses desde entonces, mis libros fueron a dar a casa de él (según quesque ya era muy formal la cosa) y una tarde estábamos acomodándolos. De pronto, descubrí las fotos incriminadoras, todos esos ojos remotos estaban ahí, como muertos mal enterrados, mirándome desde un rincón lejano. Rápidamente cerré el tomo y lo aparté. Mi entonces amorcito inquirió: "¿qué pasa, viste algo malo? te pusiste pálida". Luego admitió haberlas encontrado antes, dijo que le supo mal ver aquellas fotos, pero al final comprendió que había pasado mucho tiempo y no tenía por qué sufrir.

Desde luego que terminé por romper todo aquello, pero ahora que también terminó esa historia --y hasta he tomado más fotos--, me pregunto si ese arranque estuvo bien. Por eso, ahora lo estoy pensando mejor antes de romper el pasado, que después de todo forma parte de lo que soy, aunque ya no tenga importancia más que como base de algún recuerdo añejo.

viernes, 4 de junio de 2010

Antigadget


Por más que hago la lucha, nomás no consigo entrarle al mundo de la tecnología, tengo un amigo que dice que soy como mujer de los años 50, y tiene razón. Prefiero leer, ponerme a hornear galletas o tejer una bufanda antes de leer la guía de instrucciones para usar mi computadora más allá de checar mails (porque el instinto pa moverle no lo tengo y siempre que le meto mano, termino por no saber cómo salirme de dónde me metí). A veces desearía ser hábil con las máquinas, como tantos otros pero no me inspiran amor. Prefiero la compañía humana ¿qué le voy a hacer?

Sigue siendo cómico tener que explicarle por enésima ocasión cómo usar el reproductor de dvd o cómo encontrar un canal en la guía de cablevisión a mi progenitora, pero por otro lado, la comprendo. Las broncas que tienen las mamás con los dispositivos electrónicos son solamente un asunto generacional, normalmente, la gente de mi edad sí sabe usar sus dispositivos. Pero si yo entiendo de los programas que uso para la chamba es porque la cosa es de vida o muerte.

Por eso llevo varios días usando mi viejo celular de lo más equis wey, en lugar de abrir mi nuevo iphone 3Gs, que adquirí por puritita persuasión --que es una de las mil razones equivocadas para hacer las cosas--. Ya sé que está bien fácil, wey, que nomás te metes a la página de apple y ahí te dice cómo, que "es más, si lo abres, solito te va diciendo". Es más, creo que si consigo abrirlo algún día, hasta me va a gustar. Pero ash. Ahí con los años, a ver si me apetece.

martes, 25 de mayo de 2010

Hola y adiós

¿En dónde radica el misterio de los encuentros casuales?

En la rutina, quizá. Si nos topamos con gente conocida en cada esquina es probablemente porque no podemos (o no deseamos) escapar de los hábitos que hemos construido cuidadosamente a través de los años. O acaso la respuesta se esconde en la magia de la vida, en el hecho de que hay momentos en los que precisamos algo que ha de darnos esa persona con la que hemos dado de frente. Aunque probablemente sea sólo la fatalidad, la fuerza de lo inevitable.

Como sea, lo que realmente me obsesiona es la forma en la que las personas salen de mi vida. Cuando nos sentimos felices al lado de alguien, simplemente esperamos que eso dure para siempre, no nos damos cuenta de lo absurdo de esa idea. Al cabo de un tiempo, las cosas se rompen o se cagan. He pasado horas analizando este proceso, utilizando para ello, múltiples casos de mi propia historia.

Siempre ha sido doloroso. Con los años y los truenes (con amigos y parejas) lejos de considerarme una experta en rupturas, puedo decir que cada vez es un poco peor. Pero vamos a las razones: he mandado al carajo a los que consideré traidores, a los que estafaron mi confianza y mi cariño. Supongo que los que se alejaron de mi pueden alegar lo mismo, aunque en mi defensa diré que procuro ser leal.

Cada despedida arrastra tantos recuerdos hermosos, tantas herencias. La gente se va, pero nos deja un poco de lo que son; una alegre canción, alguna filosofía, el gusto por la comida china... Yo hago votos por haber dejado algo bueno tras de mí en aquellos que llegaron a conocerme. Me disculpo si a veces no lo logré.

Lo que nunca entendí es el cuento de la gente que permite que sus relaciones se desgasten, que mueran lentamente. Eso nunca me pasó. Veremos si un día sucede. Después de todo, se encuentra uno de todo en esta vida. Eso es lo mejor (a veces lo único que vale para mi), nunca sabemos lo que vendrá.

lunes, 24 de mayo de 2010

Tenemos tiempo

Hace un par de meses, un físico (esos tipos sí que saben cómo funciona el mundo, jojo) me contó que según la teoría de cuerdas, el tiempo puede ser considerado como una dimensión más. Hace ya varias décadas, Einstein explicó que puede comparársele con un río, pues en algunos puntos del universo, corre a gran velocidad, mientras que en otras, va más lento, incluso a veces es caótico.


Yo me lo imagino caudaloso, supongo que atraviesa montañas, llanuras y desemboca en una cascada que luego termina en laguna [cuando me recreo con estas imágenes mentales, no puedo evitar recordar a Bob Ross]. Como todo río, éste tiene veloces corrientes internas, aunque en algunos tramos es más bien lento, por la noche sube la marea por el efecto que la luna ejerce sobre él.


Me llama la atención la actitud que las personas toman con respecto del tiempo, mientras muchos viven en el pasado, atormentados por lo que no volverá, lo que no pudo ser o por lo que no pueden cambiar, otros sueñan con un futuro mejor. Por mi parte, siempre imagino que mi vida es como un viaje en tren, algunas veces comparto un tramo del recorrido con alguien, puede ser un encuentro afortunado, pero luego, casi todos tienen que bajar de la nave. Así que casi no tengo oportunidad de mirar atrás.

viernes, 14 de mayo de 2010

Es cierto

La verdad es sólo un cabo suelto de la mentira
Joaquín Sabina

Procuro decir siempre la verdad. Lo hago, ciertamente, porque considero que es una manera de evitar problemas futuros, se puede decir que soy muy marica y en ello radica el secreto de mi honestidad. Cuando tengo que mentir, me invento las cosas más inverosímiles, así me divierto. Muchas veces consigo que se traguen mis cuentos, tengo crédito porque como dije antes, los que me conocen saben que soy de fiar… luego termino siempre por confesarlo todo. Soy mejor que mi reputación.

Pero volvamos a la vida cotidiana: Supongamos que me encuentro tomando café con un amigo, debo relatar algún acontecimiento que tuve ocasión de presenciar, trato entonces ir paso por paso, me concentro e intento apegarme a los hechos. De pronto me doy cuenta de que abuso de ciertos recursos, digo cosas como “desde donde me encontraba pude ver…”.

Al otro día, mientras tomo un baño, hago una de mis reflexiones habituales (lo que quiere decir que le doy vueltas a las cosas hasta que surge una idea súper volada) y concluyo que pude haber estructurado la misma historia de mil formas distintas, alterando la experiencia sólo en detalles nimios que no pudieran considerarse de forma alguna mentiras, simplemente posibilidades. Es decir, pienso que cuando ocurre un acontecimiento específico, hay muchas cosas que pudieron haber sucedido en su lugar, lo que implica que de alguna manera, la mentira ocupa un sitio más importante en el campo de lo posible que la verdad misma.

Uno de los temas de debate más recurrentes durante mi paso por la escuela de periodismo era, como sabrán, el de la existencia de la objetividad. Naturalmente, siempre defendí el derecho a ser parcial, ííí’ñor. Si Protágoras dijo que el hombre es la medida de todas las cosas, afirmo que soy yo la medida de todas las cosas. Y siempre estoy pensando en lo mismo, Shopenhauer tenía razón: El mundo en que se vive depende, ante todo, de la interpretación que se tenga de él. Y nadie tiene el absoluto, somos seres inacabados, estamos siempre aprendiendo, apuesto la cabeza a que moriré sin haber visto todo lo que hubiera querido.