Pensaba que la eutanasia es una buena solución. Apasionadamente argumentaba que nadie debería estar condenado a sufrir. Era una ferviente seguidora de las normas indoloras y el culto al hedonismo. Luego descubrí el carácter sagrado de la fatalidad en la vida y cambié de parecer. Recuerdo incluso haber intentado disuadir a un amigo de sacrificar a su perro enfermo de cáncer, "es su karma y debes respetarlo", le dije. No me hizo caso.
También fui hippie. De muy joven estaba convencida de que el dinero no es tan importante —pos sí, no pagaba las cuentas—. Luego me percaté de mi absurdo: La buena vida es cara. Hay otra, pero esa no es buena. ¡Qué bonito es comer en un buen restaurante, dormir en sábanas de 10 mil hilos, usar tecnología de punta!
Perdí tantas veces mi postura que terminé por ganar la sola convicción de que continuaré haciéndolo. Es mi vida.




