Todavía puedo recordar cuando lo vi por vez primera.Esto mismo puedo decir de casi todos los sujetos con los que alguna vez me involucré, también de los que me gustaban de lejos, aquellos que me hacían suspirar, con los que me hice mucho del rogar y a los que me entregué [
metafóricamente... hablo de mis nobles y
límpidos sentimientos sin mancha, naturalmente, ¿qué se pensaban?]. Pero lo que ocupa mi mente ahora es ¿qué me atrajo de ellos en primer lugar? La respuesta es distinta en cada caso, pero ni crean que les voy a contar.
Nunca estuve muy interesada en las revistas del corazón, de gustarme, tal vez me habría ahorrado tiempo en llegar a las conclusiones que tanto tiempo y esfuerzo me han costado comprender para desentrañar las sencillas leyes de la atracción sexual.
No es cierto.
Aunque es verdad que el
gustito por alguien es
multifactorial, las mariposas en el estómago son cada vez más difíciles de invocar. Anhelo aquellos días de la preparatoria temprana en los que idealicé a alguien a tal extremo, que apenas podía hablar con él. ¡Oh, mi Romeo! Al que no llegué a conocer, con quien jamás tuve una diferencia, ¿dónde estás mi perfecta mitad?
Y no me vuelvo a enamorar. No lo digo a la manera de
Juanga, ni por las mismas razones. Con los años que tengo, el deseo no basta, pero la
empatía y el cariño tampoco son suficientes. Se requiere una combinación de ambos, y de cierta inocencia, cómo no.
Siempre me gustaron las primeras etapas de una relación, cuando el énfasis se encuentra en las similitudes, en la fascinación mutua. ¿En qué momento se puede saber que la apuesta no funcionará? Justo aquí.
Ah, es una pena que ahora pueda verlo.