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domingo, 29 de agosto de 2010

¡Tengo miedo!


Los miedos en el siglo XXI son el fenómeno más pronunciado en las voces de los ciudadanos y forma parte de la vida cotidiana en muchas familias porque la incertidumbre económica, la inseguridad social, la alteración climática y nuevas amenazas naturales, las guerras permanentes, el crecimiento incontrolable del crimen organizado y los riesgos informáticos han demostrado cuan frágiles somos y la carencia de recursos que tenemos para afrontar los escenarios cambiantes y las coyunturas impredecibles que vivimos a diario.

El poder termina donde comienza el miedo: Estamos aquí para vivir gustosamente todo lo que la vida tenga para ofrecer, para aportar nuestras ideas al mundo y mostrar nuestra excelencia personal. La civilización se basa en un acuerdo y en estos tiempos se nos reclama ofrecer al mundo, nuestra visión de armonía y cooperación. Busca los valores nobles y vive con intenciones honestas. Asume tu poder personal, acepta la responsabilidad en tu vida... El poder de vivir bien y prosperar es algo que debe crear cada uno, de modo que debes sembrar la semilla para un elegante cambio en el jardín de tu mente.

Entramos al túnel de la inseguridad y la angustia, nada ni nadie puede dotar de sentido y seguridad a las demandas ciudadanas, el Estado se acható, la globalización rompió las fronteras y soberanías nacionales, los poderes de facto del mercado imponen la política económica, los movimientos sociales derrumban entramados institucionales y la certeza se diluye en un mar de contradicciones y sin encontrar una dársena donde anclar la seguridad y desalojar los miedos de las subjetividades colectivas.

El uso sano del miedo tiene su sentido y puede servir como una voz de alarma para que no te acerques demasiado a un precipicio. Cuando te acercas a un verdadero peligro, tu cuerpo siente un auténtico sofoco de energía, pues la amígdala envía señales de luchar o huir. Nuestra mayor prueba consiste en hacer que el cuerpo supere el miedo. Cuando el centro del miedo se activa constantemente y se convierte en un hábito, la mente no puede pensar claramente. Cuando cambies tu actitud, cambiarás también tu vida individual y colectiva. En todas partes del mundo se están dando cuenta de que es necesario reorientar la dirección de la atención global hacia la honestidad e integridad, valorando la paz y honrando y cuidando respetuosamente la Tierra y todas sus criaturas.

El miedo en la sociedad es, entonces, inconmensurable debido a su manifestación en lo extenso de la capilaridad del cuerpo social y con diversas expresiones. Existen los miedos a ser pobre, a quedar excluido, perder la vida, llegar a desemplearse o estar enfermo por epidemias emergentes, quizás a no contar con su familia o la desaparición de sus padres, en fin, hay diversos miedos pero siempre existe una fuente de miedo porque no existe el miedo a lo desconocido sino al ente, sujeto o factor que lo determina.

La humanidad se está poniendo a prueba para ser mucho más consciente de cómo utilizar el poder del pensamiento. Hemos nacido con muchas habilidades; sin embargo, nuestras creencias insisten en el hecho de que somos impotentes; por eso, esas habilidades están bloqueadas. La clave para solucionar la crisis planetaria se halla en el humilde reconocimiento que la humanidad ha desarrollado una especie de miedo colectivo ante el poder de crear.

Todo es perspectiva, mis queridos hermanos.

Itálicas: citas de Arquitectura política del miedo, de Robinson Salazar

Negritas: extractos de Recuperar el poder, de Barbara Marciniak

Ahora los dejo. Si les apetece, vean nomás lo ridículos que se ponen cuando le temen a cualquier cosa...




miércoles, 18 de agosto de 2010

Consumir / producir


Millones se despiertan temprano y se preparan para trabajar en aquello que odian, lo hacen porque deben comprar lo que no necesitan. Pero eso sí, los fines de semana hay que salir de parranda, no se perdona la borrachera, y cada domingo es un tormento que se mitiga con alguna película palomera.

Nuestra sociedad ha alcanzado un grado interesante de sofisticación, los dispositivos desarrollados en los últimos años nos permiten estar comunicados todo el tiempo, las máquinas hacen muchas cosas por nosotros y una gran cantidad de información está al alcance de todos. Ahora más que nunca contamos con las herramientas para estar sanos y felices, para cumplir nuestros sueños.

Por desgracia, los grandes conflictos de todos los tiempos continúan sin resolverse, las personas no saben cómo alcanzar la plenitud y la felicidad. Una vez más hay que culpar al sistema. Nos enseñaron que debemos tener y producir, nos hemos olvidado de valorar lo que tiene verdadera importancia: descubrir y cultivar nuestros talentos, hacer lo que más nos gusta, ser capaces de dar y recibir amor, cuidar nuestro cuerpo, observar la naturaleza. Debemos recuperar lo que hay de humano en nosotros y olvidarnos de las patrañas de las que quieren convencernos, ahí está la clave.

jueves, 1 de julio de 2010

Somos todos

Al transitar por la enorme ciudad de México (mi hogar), tengo la impresión de que me convertí en un fantasma. Pasa incluso en zonas que me resultan familiares. Con frecuencia salgo de casa a dar paseos en bicicleta por los alrededores —siempre es mejor ir al bosque pero cuando no se puede, me conformo con andar por la colonia— y entonces descubro que soy ajena a todos los presurosos compatriotas que me encuentro por ahí.

La gente no tiene la costumbre de saludar a nadie en la calle ni prestan atención a los demás, y a todos nos parece muy normal. Es un fenómeno de las grandes urbes, supongo: la triste pérdida de sensibilidad. Esto da cuenta de algo mucho más grave, la falta de sentido de comunidad que tanta falta en este tiempo.

Recuerdo con nostalgia mi viaje a la Habana, donde la gente te aborda por la calle abiertamente, sólo para conversar y siempre con alegría (sí, ya sé que en una de esas, algunos me vieron cara de pasaporte, me da lo mismo). En mi país, las personas son tan recelosas que pocas veces se atreven a cruzar palabra con los extraños. Hace falta un mundial o una desgracia como el terremoto de 1985 para que los mexicanos se sientan unidos.

Me dieron ganas de llorar cuando en Guadalajara, Jalisco, pude ver con mis propios ojos la patética y ya célebre pinta que reza: "Haz patria, mata un chilango". Pero luego, cuando fui a Mérida, lo comprendí todo. En esa bellísima ciudad, las personas respetan el acuerdo uno por uno cuando van en el automóvil, dan el paso al peatón y son siempre gentiles cuando preguntas por una dirección.

Acá, la gente te deja ir el coche sin miramientos. Cuando conduzco, me doy cuenta de que es una regla de subsistencia: Al volante [como en la vida misma] a veces hay que aventarse. Sin embargo, hago un esfuerzo por poner las intermitentes, dejo pasar a todo el que me pide permiso, trato de sonreir y hablar a los desconocidos porque quiero que las cosas cambien en este lugar y no me queda más remedio que empezar por mi.

jueves, 8 de abril de 2010

Malos pensamientos


No sorprende que cuando alguna persona se retrasa, los que esperan se dediquen a especular que algo malo debe haberle ocurrido. —¿Y si le pasó algo? Sugiere una voz... Se quedó dormida, está atrapada en el pesado tránsito de la ciudad, se encontró a su mejor amigo de la infancia y decidió ir con él a tomar un café, o de plano le dio flojera venir, pienso yo. Y me pregunto una vez más, ¿por qué diablos, la gente siempre se inclina hacia la negatividad?

Permítanme señalar que nos encontramos frente a otra trampa del sistema [jojo, los descubrí]. Es como si estuviéramos programados para enfocar nuestra mente en cosas negativas. Si amas a alguien debes preocuparte por él, se dice. ¿En serio? ¿No funciona mejor mandarle buena vibra, desearle lo mejor, hacerle saber que puede contar contigo si llegara a necesitarlo?

Ah, pero desde que somos muy jóvenes nos enseñan a tener miedo y después pánico. ¿Recuerdan el pánico que desató la "epidemia" H1N1? En un sólo día escalamos de la alarma 3 a la 6 —la más alta, según esto— entonces cerraron los restaurantes, las escuelas y se paralizó la economía de todo el país. Todos estaban apanicados, pobre del que estornudara en un lugar público, era señalado como una amenaza mortal. Claro que ahora podemos estar tranquilos, nos van a meter una vacuna y ya no nos vamos a morir. Lo curioso es que yo no conozco una sola persona que haya contraído la enfermedad. En fin. Tal vez no conozco a tanta gente...

Les dejo un bonito link, es muy interesante: http://www.youtube.com/watch?v=nTgyakGAddM

viernes, 5 de marzo de 2010

Los otros, un problema

En alguna medida, a todos nos resulta complicado vincularnos con los demás, puede que se lo debamos a la torpeza en materia de empatía inherente a los seres humanos. No nos damos cuenta de que estamos atrapados en el mundo propio, en nuestros pensamientos recurrentes y en absurdos cotidianos como la quemada de lengua con el café de la mañana, los deseos de ir de vacaciones o la junta que tenemos en la agenda.
Muchas veces he pensado que sería más feliz si no tuviera que tratar con tanta gente todos los días, pero es mentira. Voluntaria o involuntariamente, hablamos con cientos de personas cada semana sin que ésto tenga la más mínima importancia. Es muy común que los cajeros del banco sean groseros, y nada se puede hacer al respecto. Pero a un nivel más íntimo, hay que hacer grandes esfuerzos para entender que un buen amigo conteste el teléfono como recepcionista menopáusica (o que no te conteste o te devuelva la llamada) cuando le marcas.
Son esos los detalles que me han hecho mandar a la mierda a mucha gente, bastó con un gesto insufrible —a mi arbitraria consideración— y me he dado la media vuelta para siempre. Sin embargo, de un tiempo a esta parte pienso que no se puede actuar así toda la vida. Después de todo, cada quién tiene su planeta y ahí se va a quedar, si podemos compartir algún tiempo, está perfecto.

lunes, 15 de febrero de 2010

Sospecho de todo

Siempre me gustó creer que hay algo truculento detrás de la versión oficial, por eso soy partidaria de las teorías de conspiración, cuando era niña prestaba atención a los que decían que la escuela había sido un convento —debo apuntar que esto era posible en mi escuela de monjas— y que ahí estában enterradas algunas "madrecitas" y entonces espantaban, es el lugar común más manoseado de todas las primarias pero igual pega.
Con el tiempo, mi afición por encontrarle tres pies al gato se volvió más sofisticada y ahora me gusta pensar en las trampas del sistema y otras cosas del universo. De cualquier forma, sin importar si comparten o no mis perversiones, todos deben ver esto:




Por fin encontré apoyo a mis sospechas.