miércoles, 21 de diciembre de 2011

Cuestión de fe

No se puede confiar en las personas.
¡Tuvieron que instalar inodoros automáticos
en los servicios públicos porque son incapaces
de presionar un botón!
Woody Allen

Una y otra vez he escuchado que la confianza se gana. Por desgracia (o como sea) yo no funciono así, para mí es un asunto meramente instintivo. Si alguien me parece de fiar, me tiene en sus garras hasta que demuestre lo contrario... el tema es que la fe en alguien se parece a la virginidad y a las convicciones políticas en que una vez que se pierden, no se recuperan nunca.

Y —como acertadamente refiere House— todos mentimos, los niños comienzan a hacerlo a los tres años, cuando se percatan de que sirve como un mecanismo de autodefensa y también para procurarse la aceptación de los superiores así como de los iguales. Algunos consideran que mentir puede llegar a ser muy divertido, hacer creer al otro cualquier cosa para después observar. Es que las ideas son el elemento más poderoso: con una buena idea puedes hacerte rico, cambiar tu vida, la de muchos otros. Pero mentir y comer pescado... hay que hacerlo con cuidado. Y es que el que miente a los demás termina por creer en sus propias mentiras.

Aunque también puede que la mentira esté infravalorada. Como sabe todo buen político, mentir bien es un arte y no faltan aquellos que lo entienden como un placer social: se regodean interpretando papeles para sus inocentes interlocutores-espectadores. Desde luego que un personaje no puede durar para siempre.

miércoles, 4 de mayo de 2011

De albures y piropos


Miren qué bonito indio pícaro me traje de Santiago.



Lo recordé por el edificante diálogo que tuve con mi madre esta noche cuando llegué a casa y la encontré degustando a cucharada limpia, uno de esos tubérculos que se preparan a vapor de carbón y se venden en curiosos carritos que emiten chiflidos por vendedores de a pie que recorren las calles de noche en la querida ciudad de México.

—Ah, compraste camote.
—Sí, está bueno. Pruébalo.
—A mí me gusta con lechera.
—Yo lo prefiero así, solo, como se acostumbraba cuando era niña. Pero entonces me gustaba más el plátano. Ahora me gusta... prefiero comer... [de pronto se hizo un silencio espeso que sólo se interrumpió con una de mis sonoras carcajadas]. Suena como albur, dice mamá y sonríe.
—¡No lo quisiste decir! Jajaja.

Me reí algo así como 20 minutos, hasta que me dolió la panza y se me salieron las lágrimas. ¿Por qué no hemos de reconocerlo? Vivimos en una sociedad fálica, y eso muchas veces resulta realmente divertido. Reafirma nuestra naturaleza sexual y "se presta" (jaja) para momentos de sano humor.

Qué bonito es el albur, una de esas afortunadas formas retorcidas de la comunicación que además requiere una dosis de creatividad (y suspicacia). Siempre pensé que es curioso que tenga connotaciones homosexuales, pero es fácil explicarlo si recordamos que es uno de los divertimentos de los machines. Y yo soy una admiradora de las virtudes masculinas.

"Es que te pones de pechito", me dijo un amigo hace poco cuando reclamé (entre carcajadas) su comentario a propósito de que sentados en un sillón pequeño comenté, "me vas a tirar" a lo que me contestó "cuando gustes".

Y la verdad es que venga de donde venga, mi respuesta natural ante estas situaciones es la risa. Lo digo en serio, no me molesta que me griten "mamacita" los albañiles o que los señores de tacuche me digan por lo bajo al pasar "qué linda", mi reacción es siempre una sonrisa maliciosa.

No'mbre, los porteños son tan ligadores como los cubanos, no tienes que sospechar que te ven cara de pasaporte, y además guapos. Comento con un cuate en conversación de pasillo. —Ay, bueno, [responde] los mexicanos también son aventados, pero como no te gustan, no les contestas, ¿verdad? Y tiene razón. Si viene un tipo de no malos bigotes que me dice: "¿te estudio o te trabajo?", después de recuperarme de la risa seguramente agregaré: primero lo uno y luego lo otro, ¡cómo no!

Chile es una de las civilizaciones más fálicas que he visto —nomás chequen el nombre del país y mi recuerdito que ilustra el post, arriba—. En reciente charla (otra vez) con una mujer de aquellas tierras me platicó que su abuela tiene una pequeña figura de un burro cargado de frutas y verduras en el centro de la mesa del comedor, quesque para la abundancia. Tremendo órgano masculino ostenta el dicho animal. Una mañana, la sobrina se encontraba jugando con sus muñecas, y tan inocente a las que acercó a su vientre diciendo "tomen leche".

También es bonita la inocencia, pues. No se crean, de cuando en cuando, me tienen que explicar el doble sentido.


miércoles, 30 de marzo de 2011

La trampa de la eternidad


¿Quién escribirá la historia de lo que pudo haber sido? Pregunta Calamaro para comenzar la primera canción de Honestidad Brutal, un disco que cumple con esta obligación de la verdad (que a veces es también una necesidad).

Hoy, amable lector, vamos a revisar —como hemos escudriñado hasta el hartazgo— la compleja y manoseada idea del cambio. Como siempre, un ejemplo perfecto para explicar lo que quiero son las relaciones humanas. Creo que todos podemos estar de acuerdo con que una de las cosas más excitantes que nos ocurren en la vida es conocer a alguien con quien, por alguna razón, nos sentimos identificados y cómodos. Es entonces cuando, quizá por un segundo, alcanzamos [o pensamos alcanzar] la comunión, y nos decimos a nosotros mismos: ojalá esto dure para siempre.

No nos damos cuenta de que esta idea es solamente una fantasía, que como dice San Agustín, hay dos cosas terribles que pueden sucederle a alguien, la primera es vivir una vida sin esperanza; y la segunda, que quizá sea la peor, es creer en una esperanza sin fundamento. Nos proponemos vivir intensamente cada segundo porque observamos que la vida transcurre rápidamente y, sin embargo, la mente se nos va con frecuencia hacia estas ensoñaciones, trampas del sistema de pensamiento, que nos invitan a seguir a una liebre coqueta: la idea de lo continuo. ¡Y no! Todo se acaba y, oh hermanos míos, eso es perfectamente normal.

Y es que, el solo concepto de eternidad nos cuesta trabajo con nuestra mente finita (o condicionada a la finitud): podemos quizá pensar en algo que no tiene fin, pero plantearnos una cosa que ha existido siempre es todo un parto. "Que una cosa que permanece en reposo seguirá manteniéndose así a menos que algo la perturbe, es una verdad de la que nadie duda; pero que cuando una cosa está en movimiento continuará moviéndose eternamente, a menos que algo la detenga, constituye una afirmación no tan fácil de entender aunque la razón sea idéntica", explica Thomas Hobbes en el Leviatán.

Entonces, me quedo con la máxima de Hefeso: Todo fluye, nada permanece.

Lo único permanente es el cambio... nomás que si tratan de encontrar para un billete de mil pesos, les deseo suerte, es casi como no traer dinero.

martes, 29 de marzo de 2011

Una clase de amor

La amistad es el amor sin sexo
Woody Allen

Alta, delgada, de ojos verdes y sonrisa amplia. Hace unos días la soñé y luego fui a buscarla. Esto va a sonar muy gay, pero usted me entiende, querido lector, ella era la chica más linda y lista, dulce y ocurrente de toda la prepa. Pos sí, la veía con cariño: era mi mejor amiga. Pasábamos tanto tiempo juntas que puede decirse que muchas veces vivía en mi casa; desayunábamos, comíamos y cenábamos juntas. Mirábamos películas, íbamos al mercado, al gimnasio, hablábamos horas sobre lo que sea; casi siempre el tema de conversación giraba en torno de especulaciones sobre el futuro —léase, el hoy—. Que si yo iba a ser filósofa, que si ella quería nueve hijos, que si fulanito le mandó una carta de declaración, que si iba a tener que tomar clases particulares de matemáticas porque las integrales nomás no eran lo mío. Pasaron 10 años desde entonces.

Salió envuelta en una bata y me saludó con efusividad. La encontré distinta, quizá un poco abrumada por las responsabilidades; me habló del poco tiempo libre que le queda, de sus no planes para casarse con el novio de los últimos cinco años; le dije de la muerte de mi abuela, de este trabajo, de la familia. Me dirigía a alguien que tiene que ver con aquella, pero que no es la misma, y al mirarme, también me descubrí otra. Entiendo que nunca será como entonces, ya no tenemos tiempo, tal vez dejamos de compartir ciertas ideas; pero por un momento, mientras hablaba con ella, puede ver por un instante el destello de aquel enorme cariño que sentí por ella y todavía me ilumina. Con Yanira aprendí algunas cosas sobre el valor del compañerismo.

Como esta historia de amor —porque la amistad es una especie de amor— puedo relatar varias más. He tenido y tengo la fortuna de vivir y disfrutar la compañía de varias personas especiales a quienes agradezco su simpatía. Felizmente, en la medida en la que ha pasado el tiempo, encontré amigos a los que también adoro y con los que tengo mucho amor sin sexo.



sábado, 26 de marzo de 2011

Toda la vida


Llegó la hora de cambiar de cartera, de obtener una nueva licencia de manejo, de sacar otra credencial de elector. No, no es el ánimo de renovación —efectivamente, una constante en mi existencia—, es sólo que anoche me sacaron la billetera del bolso en Zydeco.

Poco me importa, pese a que he tenido mucho trabajo los últimos días, ando de buenas. Estoy atravesando por lo que he denominado "un estado de optimismo exacerbado no romántico". Uno de mis secretos para ser feliz es encontrar el lado bueno de la vida y para todo. —¿Qué importa si debo ir a reponer las credenciales si saldré mejor en las próximas fotos? Me dije, con todo y que, como sabemos, nadie luce decente en los documentos oficiales.

"Puedo llevar toda la vida esta placa metálica en la clavícula", me dijo un amigo cuando relataba, orgulloso de sus pesquisas, la historia de una fractura. Además de pensar que no está bueno tener metal en el cuerpo, me clavé en la idea primera de su frase, que resonó varios minutos en mi mente: Toda la vida, toda la vida, toda la vida.
¡Qué expresión tan vaga y contundente! La estela mental del concepto me llevó a preguntarme ¿Hablamos de 34 años a partir de ahora? ¿O vas a vivir otros 50? Me fascinó el chorro de luz que alumbró por un instante la secuencia fotográfica imaginaria de las posibilidades que implica andar en este mundo por ese tiempo. Y me sentí dichosa también por lo que he tenido la fortuna de experimentar.



lunes, 14 de marzo de 2011

Una suerte de alquimia


Mientras preparo la masa para una pizza pienso que cocinar es un verdadero acto sagrado. Una auténtica suerte de alquimia.

Amaso, y la harina junto con el resto de los ingredientes toma consistencia y me obedece (sólo debo ser paciente y hacerlo con amor siguiendo el procedimiento cuidadosamente). Poco a poco, la masa adquiere la forma que ordeno... Así es también nuestro destino.

Cada ingrediente me cuenta una historia y me conduce hasta un sitio remoto, a veces poético; en otras ocasiones bárbaro. ¿Qué sería de la comida italiana sin jitomates de encendido color rojo y gusto ligeramente ácido? Originarios de América, fueron alguna vez temidos pues se pensaba que contenían un veneno letal. En la levadura para la base de mi sope siciliano está presente también en la cerveza —y ¿qué sería de la vida sin esa bebida de los dioses?—. Otro día, pienso, voy a preparar empanadas, el ingrediente secreto es la chela. Luego miro las aceitunas, frutos ricos en aceite que suavizan y humectan la piel. El queso despide un delicioso aroma. ¡Todo es mejor cuando le agregamos queso!

Mientras la deposito en el horno mi creación, pienso que elaborar un platillo para un tercero constituye también un acto de amor. "Cuando te vi cocinar me derretí", me dijo un día R, que Dios lo tenga en la gloria. Aunque en ese momento sólo me pareció gracioso, el sujeto tenía razón, ¿quién puede resistirse a una buena pasta?. Tal vez éste es un gusto heredado o aprendido. Lo primero que hacía mi abuela al verme era ponerme delante un copioso plato de la deliciosa comida que preparaba. ¡Qué buenas costillitas de res en salsa verde con nopales!

Dios me bendijo también con una madre que cocina de campeonato. Desde sencillas preparaciones hasta sofisticados platillos que requieren precisión, arte, tiempo e imaginación. Eso no tiene precio. Y es que cuando cada bocado es un placer, la vida misma es deliciosa.


sábado, 12 de marzo de 2011

También quise ser poeta

Cuando llegue la noche
me arrancaré la piel
para ofrendarla
a la luz de tus ojos

feroces llamas devoran
mi rostro
y no consigues
reconocerme.

A un paso de la eternidad
tus manos me lanzan
al precipicio del silencio
donde habitan
el miedo y la soledad

un duende nos muestra
nuestra suerte
echada en las estrellas
del mar.

Me miras desde un sitio
apartado y pegajoso
y se me olvida todo

la lluvia se desliza
en nuestros cuerpos
teje cadenas
con nuestros cabellos.

Mejor olvida
lo que aprendiste
empezando por tu nombre
y termina por ayer

falso es tu tiempo de vivir
ya verás que si lo piensas
puedes desaparecer

tu sangre se torna espesa
y se tiñe de morado
cantando esperas
el amanecer.

Primavera del 2003

Primera necesidad

La música constituye una revelación
más alta que ninguna filosofía.
Beethoven


Alguna vez me regalaron un iPod shuffle de 1 MB. Luego compré uno de 8 color negro. Después regalé otro classic 180GB, luego de unos meses alguien extravió el mío. Entonces me prestaron el de 4 GB, lo devolví y compré uno con la misma capacidad que usé hasta recibí como un obsequio el que llevo conmigo, nano color rosa, 16MB. Mi reproductor de música se ha convertido en un producto de primera necesidad; como son las canciones mismas en mi vida.

Las frecuencias del sonido me hacen vibrar. Su mensaje me invita a moverme, a bailar; y más todavía: a sentir. La música tiene algo me me embruja, que me seduce y lleva a estados distintos e inhóspitos del alma. Acertadamente dijo Nietzsche alguna vez, "sin música, la vida sería un error". Se la encuentra en los rituales religiosos, en las fiestas, en el ejercicio y la meditación. Es como la poesía.

Con el tiempo he conseguido apreciar una amplia gama de ritmos que van desde algo melancólico y alegre como el son jarocho, hasta una melodía suave y placentera. Pronto habrá otro concierto, otra sesión de baile.

jueves, 3 de marzo de 2011

Todo cambia, yo también

Pensaba que la eutanasia es una buena solución. Apasionadamente argumentaba que nadie debería estar condenado a sufrir. Era una ferviente seguidora de las normas indoloras y el culto al hedonismo. Luego descubrí el carácter sagrado de la fatalidad en la vida y cambié de parecer. Recuerdo incluso haber intentado disuadir a un amigo de sacrificar a su perro enfermo de cáncer, "es su karma y debes respetarlo", le dije. No me hizo caso.

Algo semejante me ocurrió con el tabaco, me gustaba; después advertí que me mataría. Algunos dejan de fumar con hipnosis, otros recurren a los parches, chicles de nicotina o al valor mexicano. Yo deseaba dejarlo y lo conseguí gracias a una fortísima bronquitis hace casi ya tres años; claro que también tuve que ser fuerte, cuando recuperada, veía de cerca cómo lo disfrutaban mis amigos, compañeros de oficina y demás... ¡Cómo se me antojaba una calada! Después vino el asco. Me volví hipersensible y no toleraba el humo cerca de mi. Ahora que estoy en la fase tres encabezo una campaña contra el apestoso vicio del tabaco. Mentira. Sólo molesto a la banda que fuma.

También fui hippie. De muy joven estaba convencida de que el dinero no es tan importante —pos sí, no pagaba las cuentas—. Luego me percaté de mi absurdo: La buena vida es cara. Hay otra, pero esa no es buena. ¡Qué bonito es comer en un buen restaurante, dormir en sábanas de 10 mil hilos, usar tecnología de punta!

Perdí tantas veces mi postura que terminé por ganar la sola convicción de que continuaré haciéndolo. Es mi vida.

martes, 15 de febrero de 2011

Máximas para la mujer moderna


  • El amor puede tocar a la puerta en cualquier momento. Por eso hay que estar siempre más o menos depilada.

  • Que él piense que tiene el control, ese es el arte de ser mujer.

  • Los buenos besos son como las casa viejas, lo que sucede arriba se siente abajo.

  • El gallo es el gallo, ¡pero la de los huevos es la gallina!

  • Si eres caprichosa, con toda seguridad haces berrinches. Mi'ja, eso es insoportable.

  • Arriba los hombres (así se cansan ellos).

domingo, 13 de febrero de 2011

Hazte pa' lla. Vente pa' cá.


Ciertas veces recuerdo aquella anécdota ajena que me ralatara mi muy mejor amigo hace algunos años. Es la historia de un tipo que invitó a salir a esta chica —conocidos ambos de Johny—. Cuando llegó el día de la cita fueron al cine. Ella tomó un lugar en la sala, él vaciló y finalmente dejó una butaca vacía, así miraron la película. La mujer se sintió desconcertada, lo mismo que todos los que escucharon el relato unos días después. Cuando le preguntaron al fulano por qué había actuado de esa manera contestó simplemente: "me pareció lo más adecuado".

Para alguien como yo, no resulta fácil comprender este racionamiento. Se me ocurre que muchas personas temen acercarse a los demás o lo consideran una empresa complicada. Y lo comprendo, puede resultar fatal; si te acercas demasiado, tal vez encuentres algo oscuro y aterrador. Aunque a decir verdad, el encuentro con los otros resulta casi siempre muy edificante, incluso si al final te pintan dedo. Al marcharse de tu vida, las personas te habrán dejado una herencia indeleble en el alma, una recomendación o una nueva idea incubada que "cambiará tu vida para siempre", como me gusta escribir cuando redacto la cartelera de una de las revistas para las que trabajo. ¡Adoro los clichés!

Como soy una romántica incurable, mi sueño más dorado es dejar algo bueno (por mínimo que sea) en la gente que conozco en el camino. Dicho lo anterior, confieso públicamente que le estoy agradecida hasta a los que una vez me lastimaron, y también a los que todavía extraño y a los que ya me valen madre. Gracias a Aldo por los Rolling Stones, a Alejandra por Eliseo Subiela, a Jafet por la lección, a Dyana por la risa, a Omar por el cine y la música, a Encarni por Holbox, a Yanira por las anécdotas; a todos éstos y los que me da flojera mencionar por los buenos momentos. ¡Y muchas gracias también a los que todavía andan por ahí enriqueciendo mi vida!

viernes, 28 de enero de 2011

Filosofía del labrador


Con frecuencia siento que la vida es un desafío que debo vencer. Tengo este modo de operar basado en el principio de "tomar el toro por los cuernos" porque creo, como Hitler, que las dificultades de hicieron para vencerlas, no para claudicar ante ellas. Hace poco, un amigo sugirió que tengo una actitud bélica hacia la existencia. Nomás que no estamos de acuerdo.

Primero que nada, insisto siempre con aquello de que la agresividad no es lo mío. La mera verdad es que procuro usar la sabia y sencilla filosofía del labrador: con estas mulas tenemos que arar. Aplica para cualquier situación en la vida; sin importar lo que suceda, habrá que salir avante con los elementos con los que se cuentan. Desde que utilizo este principio he dejado de quejarme [más o menos] y he aprendido a ser feliz. Como dice Drexler, "la vida es un tobogán, duele menos soltar la baranda y dejarse llevar".

Por fortuna, he conseguido una colección de experiencias vibrantes. Atesoro recuerdos maravillosos, llenos de goce; aprendizajes invaluables, oportunidades de oro. Aunque en otras ocasiones mi vida no es otra cosa más que una novela rusa... Los reveses se suceden uno detrás de otro.

No. Exagero. Esto es más bien una tragicomedia. Y, aunque finalmente comprendí que la clave es tomar la vida como viene, y sonreír (¡qué dulce puedo ser a veces!), en ocasiones me enojo o la angustia me asalta como un duendecillo travieso y no me deja dormir. Lo buenos es que mis arrebatos dramáticos duran muy poco porque si estoy en esta vida es para buscar la armonía. Ese secreto que a veces es nada más un instante en un concierto, la poesía que se esconde en las flores, un desafío profesional alcanzado o una mirada de complicidad.